EL TATTWA VAYÚ


Sobre la pulcra arena de una bahía venezolana, descansa un cuerpo agotado de tanto vivir, y a la sombra de las estrellas, escucha el rugido del mar que invita a la paz y quietud de sus profundas entrañas. Ese cuerpo que algún día fue santuario de la más devota pasión, ahora descansa, después de tanto sentir; después de tanto crear para su amada humanidad.

Todo sueño tiene un final y el de ese cuerpo sin identidad descansaba allí, entre agua, tierra y la nada. Todo se resumía a un diseño, a una visión lateral, cuatro pinceladas para esa pobre alma. Hubo un tiempo cuando aun sentía y decidió abrirse camino entre la multitud para hacer destacar su habilidad. Todo cuanto tocaba se convertía en oro del mejor. Su propia vida relucía con el esplendor que tanto esmero se procuró crear. La urbe lo acaparó y olvidó de donde provenía, como a casi todos les sucede; y asumió poses, actitudes y convirtió su existencia en un aquelarre constante de placer y falsedad. Un grupo selectivo lo convirtió en su arcipreste, sublime para algunos, para otros un idiota, pero respetable cuando menos en su presencia.

Todos lo involucraban en sus reuniones, sus notas, artículos… y ocurrió que un día, se sentó extranjeramente frente a una chimenea, con una pipa en los labios y un libro recién terminado de leer entre las manos, era tarde; de noche y sintió la irrevocable necesidad de comentar su desagrado por el final de su libro.

Se encontró solo. Sin perder tiempo llamó a algunas de sus amistades. Nadie respondió… Bueno, sólo una… y le dijo que no lo podía atender. Sin darle importancia se vistió y salió a manejar por cualquier calle, veía las rayas blancas de camino con su ojos, veía con su cabeza como todos tenían a alguien a su lado para alentarlos o para felicitarlos a cada paso, después le preparaban una taza de té y le comentaban que la luz había subido, que los niños tenían piojos.

Bruscamente borro esos pensamientos de su mente y vio a una mujercilla vendiendo sus servicios en una esquina. Se detuvo frente a ella y la invito a subir. Ella vio con detenimiento, sin expresión, el rostro de su cliente y observo que no poseía juventud, más si dinero y sin expresión, acepto subir. Era obvio que su trabajo no le permitía escoger, no se sentía satisfecha, pero que se le iba hacer. La condujo cortésmente hasta la sala de su hogar, como lo acostumbraba llamar y cortésmente le invitó un té.

Esta clase de mujer no aprecia el brebaje de los dioses; así que lo rechazó. Cuando se alistaba para su labor, el cliente cortésmente sólo le comentó que había terminado de leer un libro y que no le había gustado su final. La mujercilla sin comprender la situación se levantó y le dijo: “yo vi una película en la televisión donde los protagonistas morían al final; no me gustó, pero por eso no contraté a una puta para decírselo… ¿Me vas a pagar?

Como cuando se le coloca un imán a una brújula, así se sintió ese ser sin identidad, ya ni pagando, era objeto de adulación. Le canceló y acto seguido la acompañó hasta el taxi más cercano.

Cuando penetró en su hogar nuevamente, se dio cuenta como era envuelta su humanidad por una intangible soledad, y se percató de que este no había sido el primer libro que quiso comentar, ni que había sido el primer rechazo, ni la primera vez que sentía esa soledad.

Se condujo hasta esta bahía donde vemos que se tortura recordando cuantas veces despreció esa compañía que ahora tanta falta le hace, la corriente, la cotidiana. Y en este instante soslaya su profesión, se desnuda ante la nada y siente una mano intensamente fría tras sí; se enrumba al vació del rumor del mar y penetra a sus profundas entrañas en completa soledad, tal como se encontraba desde el mismo día en que dejo de ser él mismo para ser lo que los demás querían.

… y sus últimas partículas de oxigeno se extinguieron sin remedio, para nunca más en ese cuerpo sin identidad habitar.

Era el la hora del Tattwúas Vayú…

Año 91.

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