SABANAS DE SEDA




Qué sorpresa! Este hombre, me gusta. Hummm! Aunque se ve serio y correcto.
Lo que pasa es, que tengo un olfato infalible, para los patanes, perdedores, perros, chulos… pero buena cama.
Es verdad, tengo un programa en un lugar un poco más arriba de mis rodillas, que se activa cuando el galán tiene cualquiera de estas cualidades y no lo puedo evitar, trato de evitarlo, pero me es imposible.
Pero hoy, a esta hora de la madrugada y en esta habitación que huele a antiséptico, el programa se activó por un hombre bueno, que me pregunta, mientras me toca.

-¿cómo sientes eso?-

Y yo en mi cabeza grito:¡ “guau”! Se siente la gloria”, pero no me sale palabra por la boca más que un débil y casi inaudible.

-Mejor-

Y mientras no distingo a mi alrededor, veo la cara del semental con quién me encontré esa noche.

El caso es, que era viernes por la tarde, yo estaba en mi aburrido trabajo con una alergia asesina, metida en Internet y esperando que fueran las 5. De entre los Chat que tenía abiertos titiló uno que, no lo hacía desde hace algún tiempo.
Era él, ese desgraciado, al que no quería ver más. Siempre me repetía, -dile que no, listo. Le dices que tienes una cita con otro y te lo sacudes de una vez por todas-. Pero no, el muy perro me jalaba y me jalaba; y yo como una tonta le decía que si otra vez.

Había hecho un plan de auto-control para estos momentos. Dejaba de depilarme las piernas, axilas y línea del bikini. Esa es una buena táctica, quién en su buen juicio se aventuraría a cualquier cosa en esas condiciones.
Pues yo, ¡Coño! Tan básica.
Nada, a las 5 en punto tomé mi cartera y fui a la perfumería más cercana, compré afeitadora, toallas húmedas, crema humectante y en la sección de farmacia pedí un antihistamínico que me tomé al instante. Salí de allí como loca y entre a la tienda de ropa intima que estaba enfrente.

Sabes que una tiene sus días, esos en los que te pones cualquier cosa, total, nadie te va a ver las pantaletas tipo faja que usas cuando solo te interesa verte planita por fuera.
Otro mal plan de auto control.

Compré dos hilos dentales de esos que rematan dos por uno, muy lindos, nadie diría que son baratos.

Llegué al centro comercial donde siempre nos encontrábamos. Como de costumbre él, no había llegado, así que fui al baño más cercano y me refresque un poco con las toallitas húmedas. Me quité la faja, me afeité la línea del bikini y bueno ya que estaba en eso quite lo demás. Me aplique crema humectante y me puse el hilo dental negro. Y enseguida recordé,- ¡el sostén es blanco!- así que me lo quité y lo escondí en mi cartera también. Aproveche afeitarme las axilas y refrescarme con la toallitas.

Lo difícil fueron las piernas, ese baño tan pequeño.
Me quité una pierna del pantalón y con mucha pericia afeite esa pierna, me pasé la toallita húmeda y la crema, esperé unos segundos y metí la pierna en su forro. Repetí la operación con la otra pierna, pero el repique de mi celular me desconcentró y me hice una pequeña cortadita. Mientras el hilito de sangre bajaba, busqué el teléfono para atenderlo y justo cuando lo había encontrado, dejó de sonar. Era él, puse el celular sobre el dispensador del papel sanitario, para tenerlo a mano. Pase una toallita húmeda por la herida y terminé de afeitarme. Volvió a sonar el teléfono. Ahora si lo pude atender rápidamente, era él.

-Tonces Mami? Tengo como una hora esperándote, ¿dónde andas?-

-¡Mentiroso, además odio que me llamen mami¡-, pensé, pero no lo dije, en su lugar le respondí- en 5 minutitos estoy allí-.

Colgué la llamada y cuando iba a colocar el teléfono en el dispensador, el muy pajúo se cayó en la poceta.

-Coño-

Fue lo único que atiné a decir mientras brincaba en un pié tratando de ponerme el pantalón. Qué asco, pero no iba a dejar allí mi teléfono. Busque en mi cartea y saqué la bolsa plástica donde venían los hilos dentales, saque el que quedaba y metí mi mano a manera de guante. Saqué mi aparato y salí de ese incómodo cubículo.

La cara de las mujeres afuera era de reprobación, pero yo, divina.

Como el teléfono ya estaba mojado, lo metí bajo el grifo de agua, para quitarle cualquier cosa y luego lo pasé por la maquina esa que hecha aire caliente para secar las manos. De pronto hizo como que si iba a sonar, pero se apago solito. Así que lo guardé en mi cartera.

Me retoqué el maquillaje, me cepille los dientes y salí al encuentro de mi cromosoma “Y”.

Mientras caminaba me ardía la pierna en la no me había echado crema, además la heridita picaba.

Llegué a la entrada del centro comercial y allí estaba él, con gesto lascivo que me encantaba, bello a más no poder. Tenía una mirada de reproche, que me volvía loca.

- Te estaba llamando y cae la contestadota – me dijo.

- Seguro, es una historia larga, que te la cuento otro día. ¿Y eso Darling, que te acordaste de mí?-

- Cerré el mejor trato de mi vida y quería celebrarlo.-

- Que bueno! Te felicito. Brindemos por eso. Hay un local nuevo en el nivel…-

No me dejó terminar. Me tomó de la mano y casi que a rastras, me llevó a su carro. Entendí todo. Calladita te vez más bonita. Es que si no fuera por ese latido un poquito más arriba de las rodillas, no permitiría que me tratara así.

De camino al hotel de costumbre solo se oía la música, realmente nosotros no hablamos mucho, lo que se dice conversar a profundidad, no. Esa máquina era solo para ejercitar el cuerpo. Alguna vez intentamos conocernos a profundidad, pero irremediablemente me di cuenta que teníamos frecuencias culturales opuestas. Así que inteligentemente me salté los temas culturales y en su lugar potencié su fortaleza.

Aun cuando yo sabía que eso no podía seguir, cada vez que él me llamaba yo atendía al instante. Y cuando las hormonas me exigían atención él siempre estaba dispuesto para mí. Pero desde hacía tiempo yo venía pensando que quería un compañero, no un instructor de aeróbic, sino una pareja y estaba clarísima que el crómañon ambulante no era el tipo. De hecho cuando iba en el carro, pensaba sobre eso, pero también pensaba que tenía semanas que nada de nada y no me podía resistir. Así que decidí que esa sería la última vez. Claro la vez anterior también lo pensé. Pero esta vez si era de verdad.

Llegando al hotel él me dijo – hoy tengo preparado algo especial-.

Qué raro, si ese ser no preparaba nada. Más bien todo era medio salvaje siempre improvisado. Yo creo que ese era el secreto, las veces que había tenido una relación más o menos estable con alguien (solo dos por cierto), mi desempeño en el ring de las sabanas era más parecido al de una dama. Pero con este chico medio jardinero, medio vagabundo era otra cosa, lo más alejado que se puede estar una dama.

La habitación era una suite con jacuzzi que nunca había visto. Olía a incienso de vainilla, el suelo estaba cubierto de rosas (muy cliché, pero lindo), una botella de vino blanco, ostras. Y la cama cubierta con sabanas de seda negra.

Lo miré extremadamente sorprendida, en mi cabeza solo había una pregunta – ¿Este carajo como que se equivoco o será que la otra le falló?-

No me importó realmente, la que estaba allí era yo y pensaba disfrutarme todo eso.

Sin perder tiempo inicié la rutina, pero él estaba algo tenso. Le pregunte si le pasaba algo, pero no recibí respuesta. Lo que sí hizo fue abrazarme delicadamente pero con mucha fuerza. Yo estaba confundida, la verdad ése no era su toque, él era más de mordiscos, arañazos, empujones, sabes esas delicadas caricias que les gustan a las chicas malas.

Destapó la botella y brindamos por una noche especial. Delicadamente, fue quitando algunas prendas de mi cuerpo y cuando yo trataba de acelerarle el pulso con toques explícitos, él me distraía con alguna sensual caricia. Me fue llevando hasta la gran cama donde mi blanco cuerpo reflejado en el techo de espejos ofrecía la vista de un contraste perfecto con las sabanas de seda negra. Allí me depositó, desnuda y se alejó para apreciar mejor el cuadro.

Se quitó la camisa, los zapatos, los pantalones y las medias. Me pidió que no me moviera y yo le pedí en tono de juego, que no me grabara ni me fotografiara. Se sonrió y dijo que no me preocupara. El vino estaba causando un extraño efecto en mí. Él lleno nuevamente las copas y llevó un par de ostras. Colocó el contenido de una en mi ombligo y lamió el centro de mi cuerpo con una sensualidad inusual. Definitivamente la nota de esa noche era la seducción de los sentidos. Me ofreció la otra ostra, pero yo preferí el vino.

Nuestros cuerpos comenzaban a calentarse, al menos el mió estaba muy caliente. Él quitó lo que se interponía entre su hombría y la desnudez absoluta, esa parte de su cuerpo que me llevaba a otras dimensiones cuando entraba en acción. Me poseyó suave, delicadamente y el calor seguía subiendo, comencé a sudar; la sabana de seda se pegaba a mi espalda, con cada uno de sus movimientos me resbalaba de un lugar a otro de la cama. El vino me había pegado fuerte de verdad. Todo a mí alrededor giraba, no podía concentrarme, sudaba profusamente, le pedí que se detuviera un momento.

Tal vez era que no había comido. Como lo único que había a mano eran ostras, pues ni modo, sería comer ostras a ver si la cosa se me pasaba. Le pedí que abriera la ventana, por que creía que el aire acondicionado estaba dañado, el calor que tenía era sofocante. Él abrió la ventana, pero me aseguró que el aire acondicionado estaba a máxima capacidad.

Comí algunas ostras y me tomé otra copa de vino, él se me acercó y me miro inquisitivamente.

–Estás raro- le dije.

Él se alejó diciendo –Voy a llenar el jacuzzi –

Yo me regresé a la cama para relajarme un poco y desde el otro lado de la habitación él comenzó a hablarme, sin mirarme la cara.

- Sabes mami-

¡Uffff!! Como odio cuando me llaman mami!, pero no le dije nada.

-Estos últimos meses que no nos hemos visto, he pensado cosas. A mi me gusta estar contigo, pero me estoy cansando-

En mi cabeza pensé - ¿me va ha dejar?, ¡NO! yo te iba a dejar primero- pero estaba muy mareada para pronunciar palabra. Y él continuó:

-Ya no quiero verte solo de a ratos. Quiero decir que si tuviéramos un lugar donde tú y yo pudiéramos encontrarnos, tener unas cositas allí, pasar unos días… -

No sé que más dijo, yo solo escuchaba un pito en mis oídos y una desagradable sensación en mi boca, como que si mis labios y lengua, crecían diez veces su tamaño, mientras mi garganta por el contrario se volvía un pitillo por donde no pasaba casi aire. Todo me daba vueltas, sentía ansias y en el espejo del techo veía una enorme mariposa negra del tamaño de un murciélago sobrevolándome. Sudaba profusamente y la sabana hacia que sudara más, se pegaban a mi cuerpo como plástico. Creo que gemí algo porque él subió de un brinco sobre la cama y con una toalla en la mano dio golpes al techo para alejar la mariposa negra, negra como la sabana, como el color que estaba tomando todo en mi entorno. En uno de esos toallazos golpeó con su mano el espejo, lo quebró y un pedazo se enterró en mi pierna. Ese fue el final.

Todo lo que vi fueron sabanas de seda negra envolviéndome, oír sirenas, personas hablando muy fuerte, gritos.

Y bueno. Aquí estoy en la habitación de la clínica, él esta sentado en un sofacito, medio dormido. Mientas trato de recordar que pasó, se abre la puerta y entra este médico, lo recuerdo lo vi antes. Me saluda con mucha alegría y me pregunta que como me siento. Le digo que estoy confundida. El semental despierta, abraza al médico con efusividad dándole las gracias, me ve y me da un beso en la frente. El médico le sugiere que baje a tomar un café y él me mira y me pregunta si me parece bien. Yo le digo que si, pero aún no entiendo por qué me pide opinión y menos que hace allí.

El médico comienza a decirme que estoy bien, pero que debo cuidar lo que hago con mi cuerpo. No le entiendo, ¿qué le hice a mi cuerpo?
Él me explica que la combinación de antihistamínico, licor, ostras en malas condiciones y una herida punzo penetrante son una combinación letal. Afortunadamente pudieron atender todo a tiempo y en relación a la herida en la pierna, me dijo que no era profunda.

-¿Él me trajo?- pensé en voz alta

Y este médico bellísimo me cuenta cómo el cromosoma “Y” llegó conmigo cargada y envuelta en una sabana de seda negra.

-Su esposo la quiere muchísimo- me dice.
-¿Quién?, no, él no es mi esposo. No que va nada que ver.-

Le respondo entre sorprendida e incómoda, de solo imaginarme por un momento ser la esposa del crómañon. Además no sé por que extraña razón ya no me gusta para nada. Lo veo diferente ya no me parece jardinero, perro, lascivo, nada de eso.

El médico me mira con picardía me toma de la mano y me indica que me darán de alta en un par de días, pero que debo regresar a su consulta para quitar los puntos de la pierna.

- Claro, ¿cuándo debe ser eso?- pregunto

- Te quiero volver a ver en una semana- me dice

Veo su mano y no encuentro anillo.
Entra una enfermera que revisa el suero. El médico ve lo que hace. Ella ni se entera, pero yo detallo toda la escena. Él se sorprende al sentirse descubierto por mis ojos y yo me sonrió con él. La enfermera sale y él me repite:

- En una semana te espero. Si me necesitas antes llámame. Preciosa-. Y me da su tarjeta.

Yo asiento con la cabeza. Y ese programa entre las rodillas se activar de nuevo. Él va rumbo a la puerta y me dice:

- Ese chico te quiere. Deberías considerar ser su esposa, antes que alguien te lo quite.-

- Posiblemente, pero a mí me gusta otro tipo de hombre -

El ex – crómañon entra y vuelve a abrazar al médico, pero esta vez veo que el médico lo mira de manera no profesional y me responde:

-Te entiendo, a mi me pasa lo mismo amiga-

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