LA DEMOLICIÓN




Entró al cine, estaba casi vacío.
Pasaban una película europea, esas cosas que sólo disfrutan las personas cultas al extremo, como él, pero con un gusto secreto, por el lado oscuro del ser humano.
La cita era con su ego, quería estar presente en la última función de esa sala antes de ser demolida para convertirse en otro centro comercial.

La arquitectura delataba su fecha de nacimiento, olía a dictaduras pasadas, las butacas numeradas hablaban de orden, de clase, las cortinas de terciopelo rojo, llenas de hoyitos, se descolgaban imponentes a los lados de los balcones. Ahora era solo un viejo edificio en el medio de una nueva ciudad.

Él frecuentaba el lugar desde que llegó a la capital, lo descubrió en sus días de estudiante. Veía películas, besaba novias, aprendía del mundo.
Hoy se encuentra en el mejor momento de su carrera, tiene fama, fortuna y familia, sin embargo anda buscando otro tipo de satisfacción, una que le genere mucha adrenalina, que le haga latir el corazón al máximo.

En las últimas visitas a la sala de cine vio a esta hermosa mujer, etérea, atemporal, siempre en el mismo asiento. No podía dejar de ver su larga cabellera que caía en suaves ondas sobre el respaldo del asiento. Sí cerraba los ojos podía colocarle colores a su perfume.
Quiso acercarse, pero no encontraba una buena excusa, no quería ser tan obvio. Sin embargo la demolición del edificio lo empujó a tomar una decisión, ya no habría más oportunidades de encontrarse con el objeto de su más reciente obsesión. Está noche o nunca.

Su corazón le latía fuertemente mientras se acercaba a ella. En la sala sólo había 9 personas y muchas butacas vacías, qué tontería podría decir para sentarse a su lado sin espantarla. Sentía que un repentino calor le envolvía el cuerpo. Ya estaba a tres pasos de ella, se sentía tan nervioso, como cuando se robo el carro de su papá a los 13 años. El miedo lo carcomía, pero la excitación era mucho mayor y lo empujaba a su encuentro. Sin garantías llegó a su lado, se sentó sin decir una palabra.

Ella ni se inmutó, seguí la acción de la pantalla con profundo interés. Él se dedicó a contemplarla, por el resto de la función.

Tenía un perfil perfecto, una piel blanquísima, un cuello alto, liso, llevaba puesto un sweater negro con un profundo escote en “V”, su respiración era casi imperceptible, apenas y se movía su pecho al inhalar o exhalar aire. Miró tanto tiempo su pecho, que cuando se percató de ello, se ruborizó, sin embargo ella no lo miró en ningún momento y la oscuridad de la sala ocultaba su rostro enrojecido a la perfección. Llevaba una falda estrecha que le daba un aire vintage, sus piernas largas culminaban en un par pies envueltos por unas sandalias de tacón muy alto, amarradas a los tobillos con unas cintas.

Los créditos de la película comenzaron a rodar, se maldijo por no haber hecho nada en esas dos horas, más que contemplarla. Miró alrededor y vio como salían los nueve espectadores. Miró nuevamente a la chica y seguí allí viendo los créditos de la pantalla.
Se resigno y decidió levantarse. Ella le tomo del brazo, se sorprendió ante esta acción y regresó al asiento. Se sintió desorientado, no podía articular palabra, ninguna de sus tácticas funcionaban ahora, simplemente, porque no tenía táctica.

Las luces diminuyeron nuevamente, y las puertas de salida se cerraron, nadie se percató de su presencia. Cuando al fin todo quedó en silencio, ella le habló.

-Te he estado esperando-

Él continuaba sin reaccionar, trato de balbucear algo, pero ella le interrumpió.

-Yo quiero que te quedes esta noche conmigo, pero debo preguntarte si tú quieres. Puedo esperarte un poco más, hasta que estés listo para mí.

El pulso se le aceleró, podía oír los latidos de su corazón, su entre pierna se endurecía, las manos le sudaban. No, no estaba dispuesto a irse, esa era la sensación que estaba buscando, la adrenalina que no le daba, ni la fama, ni la fortuna, ni la familia. Allí estaba esa desconocida, esos labios, esos senos que quería tocar.

Se lanzó sobre ella como un sediento al agua, su boca quería beber hasta la última gota de esa boca roja que ya no hablaba, sino que gemía, sus manos querían tocar todo. Sus senos estaban firmes, erectos, fríos, tersos, dulces, entre sus manos.
Cuando sentía que no podía mantener más los pantalones en su lugar, ella se levanto de la butaca, con sus dientes le desabrocho el cinturón, bajó el cierre y libero la presión de su entrepierna. Dio un paso atrás, esbozó una sonrisa maliciosa y se sentó a horcajadas sobre él. Sintió como si cortara mantequilla mientras el cuerpo de ella bajaba hasta llevar sus pechos a la altura de su cara. Comenzó un baile rítmico donde el vaivén de sus caderas, iban al ritmo de su pulso, hasta llegar al éxtasis. Sintió cómo sus fluidos eran disparados sin control, el alma se le iba del cuerpo, las sensaciones explotaban en sus sentidos. La adrenalina había cumplido su misión.

Ella lo besó en los labios y le dijo -ven conmigo-.

Él la siguió.


El cine no pudo ser demolido hasta una semana después del día estipulado, las averiguaciones forenses descartaron el homicidio, se trató de causas naturales. Un infarto decía el informe.

Comentarios

Argenis Serrano ha dicho que…
Que la muerte te dé placer, antes de llevarte... interesante realmente.
Recordé la historia de la Cita en Sumatra con este relato.
La muerte no te busca, te hace llegar a ella.
Pero sí es una muerte sin dolor, como esta, es valedera, si acaso se puede analizar desde el más allá. Bella historia, me obliga a cambiar la que tenía inspirada en vos.
Te pregunto ¿serías tú ese angel de la muerte?
Felicitaciones mi bella y exótica (no neurótica, descartado ello) amiga. Argenis.
Nyna Koti ha dicho que…
"Debo preguntarte si tú quieres. Puedo esperarte un poco más, hasta que estés listo para mí"

Ella siempre pegunta la respuesta es nuestra.

Gracias,darling