NOCHES DE LLUVIA



En noches como esta, cuando llueve, truena, relampaguea y además estoy sola en mi casa, me da por recordar todos esos cuentos de susto que contábamos cuando éramos niños. Generalmente los cuentos de espantos nos evocan al llano, la vida rural, pero en mi caso no es así. Porque vivo en la ciudad, en un apartamento, donde la luz eléctrica, el Internet, la telefonía y la televisión por cable, mataron los sustos de esquina.

Cuando nos mudamos aquí, yo tenía dos años, así que no recuerdo mucho, realmente nada. Según me contaron, solo había tres familias en este edificio de 19 pisos y 90 apartamentos. Por lo solitario del lugar, muchos suicidas aprovecharon la oportunidad para lanzarse al vació, con la intensión de liberar su alma del cuerpo que los mantenía presos. Esa conducta se mantuvo por cierto tiempo. Y a los suicidas se le sumaron absurdos accidentes.

Cuando tenía como siete años la junta de vecinos convocó a un cura, para que paseara el perolito con incienso por todos los edificios del lugar, incluido este, y echara una rezadita. Sorprendentemente los suicidios y los accidentes cesaron. No sé a que o a quién atribuirlo, pero se le agradece.

Por esa época en el apartamento vecino, vivía una familia de españoles, muy simpáticos. Yo estaba comenzado la primaria y los días que mi mamá no me llevaba al colegio, me mandaba con la hija mayor de ese matrimonio, ella estudiaba quinto grado o algo así, era muy amable conmigo, a pesar que yo era una niñita muy fastidiosa y preguntona, y que ella era una persona “grande” que podía ignorarme, como lo hacia el resto de las niñas de quinto grado, pero ella no era así, porque me hablaba, me respondía y de alguna manera me cuidaba.

Esta familia vecina, también tenía un niñito, talvez de cuatro años. A él sólo lo vi unas pocas veces. Recuerdo que un día en el pasillo se escuchaban unos gritos de desesperación y mucho llanto, mi papá salió a ver que sucedía y resultó ser que el ascensor le estaba destazando la mano el niño. Con una fuerza heroica, mi papá, abrió las puertas del ascensor y sacó la mano del nene. Fue una escena dantesca.

Todos los vecinos, en ese entonces, eran muy unidos, las señoras tomaban café en las tardes, mientras nosotros jugábamos en los pasillos y los fines de semana se hacían parrillas y reuniones entre los vecinos. Todos se contaban de todo.

Por eso cuando no vi más a nuestros vecinos españoles, me pareció muy raro, porque en las noches que llovía, encendían las luces y se oía ruido, pero en el día no se le veía por ningún lado, así que le pregunté a mi mamá y me dijo que se habían mudado. No pregunté más y en algún momento los olvidé.

Durante quince años el apartamento de los vecinos estuvo cerrado, realmente nunca pensé en eso, hasta el día que vi llegar a los nuevos dueños. Fue cuando caí en cuenta del tiempo que había pasado y recordé a mi antigua amiga. ¿Qué sería de su vida?, ¿dónde estaría?

Una vez instalados los nuevos vecinos, gente muy agradable también, nos enteramos de cosas curiosas, respecto a esa casa.

En principio la venta se efectuó mediante un poder que tenía un abogado enviado especialmente por la embajada española. Los nuevos compradores se enteraron de la existencia del apartamento, porque un amigo, que trabajaba en la embajada vio un cartel de remate de una serie de propiedades, entre la que estaba esta.

Compraron el lugar sin verlo siquiera, porque no había llaves para entrar, así que después del papeleo, llegaron con un cerrajero para abrir la puerta. Cuando entraron, se quedaron sorprendidos, igual que todos. La vivienda estaba totalmente amoblada, en los closet había ropa colgada, en el fregadero había platos sucios, en la nevera había comida. Todo bajo veinte centímetros de polvo, parecía como si todo se hubiera quedado suspendido en el tiempo. Como si los habitantes anteriores se hubieran desintegrado.

Pasada la primera sorpresa, los nuevos vecinos se instalaron. Y resultó que eran unos parranderos empedernidos, muy consientes del respeto por la comunidad, ya que nos invitaban a todos los bochinches, para que no nos molestara el ruido. Conocí gente interesantísima en esas reuniones, poetas, músicos y gente por ese estilo. Había una pareja de diseñadores gráficos jovencísimos con un hijo muy travieso, porque siempre escondía las carteras de las chicas. En muchas de esas reuniones sucedió que repentinamente se fue la luz o el equipo de sonido se apagaba o que tocaban el timbre y no había nadie, pero con el desorden, el alcohol y las conversaciones, nadie le prestaba mucha atención a la cosa. Hasta que un día en una de esas reuniones cuando vi que el niñito se llevaba mi cartera para esconderla, llamé a los padres para que me la regresara. La respuesta de ellos fue, que no tenían ningún hijo, es más nadie en ese grupo había llevado niños, ni ese día ni los anteriores. Así que cuando les dije que había visto a este muchachito todos me vieron como que si yo estaba loca, insistí tanto que comenzamos a buscar el niño, pero nunca apareció, buscamos mi cartera y tampoco. A la final me fui a mi casa entre avergonzada y confundida.

Dos días después la vecina me entregó mi cartera, la había encontrado metida en uno de los compartimientos de la nevera. Se disculpó conmigo por lo del día de la reunión y me confesó que las carteras de las otras chicas, que se habían extraviado, aparecían en sitios igual de inauditos. Estaba convencida que uno de los invitados era el bromista culpable. Yo le insistí con el tema del niño, pero ella no me hizo caso.

Después de ese día evite ir a esa casa. El tiempo pasó y los nuevos vecinos cambiaron su estilo parrandero, porque se convirtieron en padres, lo que trajo mucha calma al edificio. Tanta que ya no los vimos más. Al principio pensé que estaban de viaje, pero luego entendí que se habían ido, porque aunque nunca vi que se mudaron, los recibos se acumularon en su buzón.

De eso hace ya diez años. El apartamento aun no tiene nuevos dueños, por lo que sigue cerrado. Pero en ocasiones como hoy las luces se encienden y se oye ruido.

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