BONDAGE

La noche que celebraba sus 15 años, vio como su novio oficial, tenía sexo con su mejor amiga en el estacionamiento del club. Se quedó fría ante la escena, no tuvo valor de llegar hasta ellos, no tuvo valor de gritar, no tuvo valor de llorar. Se regresó a su fiesta, no pensó en lo que acababa de ver, lo borró de su mente por esa noche. La escena, su novio, su amiga. Eso no ocurrió, ellos no existían.
La mañana del siguiente lunes su novio la buscó, ella, lo ignoró, hasta que él la tomó de un brazo y le pidió explicaciones por sus desplantes. Ella lo miró a los ojos, no le reclamó nada, no lloró, no sintió nada, solo le dijo - “los vi” -, él se sorprendió, pensó por un momento y le dijo luego – “mejor así, ya sabes entonces que lo que tú no me quisiste dar, me lo dio otra”-

Pasó la primera soga, por el centro.

Un año más tarde abría las piernas por primera vez a un hombre. Después de semanas de manoseos, presión por pruebas de amor y toda la perorata barata. Nunca supo si quería o no hacerlo en realidad, no pensó mucho, no sintió casi nada, era una autómata que cedía a los requerimientos de él, lo hubiera hecho con cualquier otro, igual de insistente. No tenía voluntad, pero no lo sabía.
Después de dos años ya no era novedad, él ya le conocía cada rincón del cuerpo, cada lunar, cada botón. Ella solo se había acostado con él en toda su vida, no sabía del sexo más que lo que él, le había hecho. El tabú, el miedo, la decencia, el terror de ser descubierta en su casa, el pavor de que él pensara que ella era una zorra por querer sentir un orgasmo. Se sometió siempre, nunca pidió nada. Un día él le dijo – “Se terminó, necesito a una mujer de verdad en mi cama” –.

Pasó la siguiente soga, por la mitad.

A los 20 años conoció a este hombre enigmático, llegó con una lluvia de mayo. Temblaba cada vez que hablaba con él, así fuera por teléfono. Le enseñó supervivencia, a leer el cielo, a vivir de la naturaleza, a leer una brújula. Entre una lección y otra ella ansiaba que la hiciera suya. Se aguantaba las ganas, disimulaba, pero el deseo la traicionaba y temblaba sin remedio, sus pezones se endurecían aun con el calor más insoportable. Él se daba cuenta de todo, y ejerciendo el poder que tenía sobre ella, como su instructor, la tomaba siempre como ejemplo, bien fuera para practicar “RCP”, mientras ella personificaba la víctima, él le masajeaba el pecho; o bien le hacía levantar y abrir ligeramente las piernas mientras le presionaba el vientre para simular la atención de un parto.
La última práctica del curso fue un campamento de una semana. La primera noche entró a su carpa, la sometió, ella iba a gritar, pero él le tapó la boca. La hizo suya sin quitarle la mano de la boca en ningún momento. Ella nunca gritó. Él salió antes del amanecer. En el transcurso del día la ignoró totalmente. La segunda noche no la sorprendió, sin embargo él le dijo que fuera silenciosa para que los otros no se dieran cuenta. Ella mordía la bolsa de dormir para cumplir la orden de su instructor. Al quinto día le dolía todo, pero deseaba tanto que él llegara, que fue incapaz de decirlo, igual él no preguntaba nada, no decía nada, salvo para ordenarle que hiciera algo en especifico. La última noche se le escapó un gemido y él la abofeteó, le rompió el labio inferior y luego le metió en la boca un pañuelo. A la mañana siguiente mientras recogían los equipos él le preguntó en voz muy alta y delante del grupo, por qué tenía la boca hinchada, ella respondió que se había tropezado con una rama y se había golpeado en la boca al caer -“Que torpe eres” - le dijo mientras reía socarronamente.
Cuando fue a buscar su certificación de rescatista se enteró que su instructor se había marchado con la misma lluvia que el año anterior lo había traído.

Hizo el primer nudo de la soga.

A los 25 años decidió casarse. Era el hombre perfecto según todo el mundo. Caballero, elegante, educado, solvente.
La boda, la fiesta, la luna de miel, pasaron ,como que si fueran de otra persona, ella no sentía nada, era como si la arrastrara una corriente muy fuerte y ella sólo fuera una ramita ante el caudal. "Era lo correcto", "ya estaba en edad", "esas oportunidades no se presentan todos los días", las frases de la gente de su entorno eran ensordecedoras.
Al fin comenzó su vida de casada, con visitas incómodas de su familia política a cada momento, dándole recetas que ella no pedía, consejos que a ella no le importaban.
La casa siempre estaba al punto para cuando llegara su esposo, la cena en la mesa, la ropa de dormir en la cama y la pasión en la maleta donde ella llevó las pertenencias que nunca sacó.
El hombre maravilloso para el mundo, demostraba su verdad al quedarse a solas. La comida nunca era de su agrado, la casa era un asco, la ropa estaba arrugada y el sexo era mediocre. Todos los días se esforzaba por mejorar lo que él le criticaba, pero nunca era suficiente. Un día llegó con un amigo muy tarde en la noche, pasados de tragos los dos, la despertaron con el ruido. Ella bajo apresuradamente para atenderlos, café, comida o unos tragos, nunca sabía exactamente lo que quería, pero debía estar dispuesta para él, esa noche no fue la excepción. Mientras se mal ponía la bata él la llamó. No alzaba la voz, ni la cara en su presencia, era una exigencia de él y ella obedecía cabalmente, como todo lo que él le ordenaba, así como esa noche cuando le ordeno que se quitara la bata. Ella dudó, él le gritó y a continuación la bata cayó al suelo. Comenzó a hablar de su cuerpo como si fuera el de un animal que está en venta. La giró para mostrar todos sus ángulos y le dio un par de nalgadas. Mientras su esposo la poseía ante la mirada de su amigo, ella ya no sentía nada, su cuerpo estaba allí, pero su mente ya había abandonado el lugar, de tal forma que cuando fue el turno del amigo y luego de ambos, ella ni se enteró.
Después de esa noche las recriminaciones fueron creciendo, él le quitó la llaves de la casa, no la dejaba salir sola, ni recibir visitas. Ella siempre silenciosa, sumisa, sin voluntad le obedecía en todo y aun así nada de lo que hacía lo complacía. Llegó un día que, en el medio de un castigo, él la empujó escaleras abajo, ella perdió el conocimiento, el hijo que no sabía que esperaba y cualquier posibilidad.

Los nudos de su soga ya había construido la red que no le permitirían moverse más.

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