SIN DOLOR NO TE HACES FELIZ

Tenía 19 años cuando lo conoció.

Pensó que la mejor manera de rebelarse de papi, era mantener una relación pública y controversial con este muchacho, de otra clase social, de otro color, con otra crianza.

Fue una tormenta que se disfrutó cada día, cada pelea, cada portazo, sentía un placer secreto al notar que al fin había captado la atención paterna.
Mientras era niña; la niña perfecta, la buena estudiante, el ejemplo de la comunidad, excelente deportista, madrina del colegio, en fin el sueño de cualquier padre; no recibía ni un “te quiero”, del suyo.

Entonces descubrió que le era atractiva a los chicos. El primero era perfecto, la quería, la escuchaba, y le decía “te quiero”, mucho y de muchas formas, la respetaba, pero quería ir más allá.
Con el siguiente perdió la vergüenza y pidió lo que quería. Después del susto y de darse cuenta que nada había cambiado a su alrededor, pidió más, a él y a los siguientes cinco chicos que se encontró en esos años.

Sentía que se burlaba de esa otra vida en la que era perfecta, inocente de toda sospecha. Era su venganza por ser ignorada, arrastrarse con cualquiera la hacía sentirse viva. Pero su venganza era silenciosa y la idea era infringirle dolor a quien la ignoraba, así que cuando este mestizo apareció podía transgredir todas las reglas.
Era maravilloso, al fin la miraba, le gritaba, le decía su nombre y ella se sentía completa, existía para él.

Cuando las mareas bajaron y aceptó la vida que ella quería vivir; ya ella no quería al mestizo a su lado, pero el destino le jugó sucio y cuando creyó haberse reconciliado con el hombre más importante de su vida, esté le abandono nuevamente, pero para siempre. No podía creerlo, esta vez no era un viaje de trabajo, no era una junta, no era una amante, era definitivo.

Su instrumento de venganza aprovechó la oportunidad y la desposó antes que ella misma se percatara que su norte había cambiado.
La tristeza era permanente, ella se resignó a su nueva vida, esa que buscó para lastimar a otro y que ahora era su castigo.
Ya no había pasión y él lo sentía, por eso comenzó a forzar lo que antes le regalaban. Lo que antes era placer ahora era obligación y por más que ella se esforzara las cosas ya no le sabían igual.

Aprendió que sí se negaba, él no la dejaría dormir, así que dejaba que él saciara su sed en ella. Al cabo de un tiempo, debía fingir placer, para evitar hematomas. Entendió que una palabra fuera de lugar podía desencadenar una guerra nuclear y las negativas desaparecieron de su vocabulario.
Él la odiaba, porque no lo amaba, porque a pesar de su esfuerzo se le notaba que ya no había luz en su mirada, ni calor en su corazón por él.
Él disfrutaba verla llorar, romperle la ropa, humillarla, arrodillarla en cualquier rincón y atragantarla con su semen, mientras le repetía como en una especia de mantra “sólo yo te quiero”, “sin mí no ere nadie”. Después de siete largos años hasta ella lo creyó realmente.

Ella pedía al alba y al atardecer, que sus ojos se cerraran para siempre, la próxima vez que lo viera, pero el destino fue cruel nuevamente, le cerró los ojos fue a él en una discusión con alguien de su tamaño.

Ya no tiene 19, pero captura la atención de todos los que la conocen, dirige el negocio que le dejó su marido, con mano de acero y tiene un pretendiente bueno, educado, que la respeta y le dice “te quiero” mucho y de muchas maneras. Ella siente que le falta algo, pero no sabe cómo engranarlo en esa relación.

Su terapeuta le dice que debe darse una oportunidad, dejar el pasado atrás, mientras la embiste con fuerza y ella le ruega que la azote, porque está a punto de acabar.

Comentarios

joselop44 ha dicho que…
Una historia con mnucha fuerza a la que has imprimdo un gran ritmo y grandes dosis de realismo.
Un abrazo.
hugo rivas ha dicho que…
estupendo relato me gusto mucho te felicito chefhugo