UN RÍO DE LAVA

Es un gusto compartir con todos la primera colaboración para este blog.

Freddy Padrón (Venezuela, 24 de septiembre de 1.969) es Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Escribe para el programa, “Lánzate” que se transmite por Rumbera Network 104.5 FM. Es fotógrafo, le gusta el tarot.





UN RIO DE LAVA


Oswaldo había dejado tan atrás como pudo las diarias obsesiones a raíz de su reciente pérdida amorosa, a quién cometeremos el arbitrio de llamar María, ya que estamos en domingo y hace un bonito día. María conoció a Oswaldo en circunstancias sobradamente aburridas, predecibles, cuando precisamente para ambos lo predecible remite necesariamente al aburrimiento de las cosas ya sabidas. Con el tiempo creyeron enamorarse, creyeron desenamorarse y establecieron desde una penosa madurez un conjunto de reglas omnímodas que ellos llamaban sexuales y que ciertamente, aparte de otros calificativos más acertados, también eran sexuales…María la hermosa caminaba desnuda con las uñas pintadas. Lo era. De ésas que uno ve por ahí y dice sin perderla de vista: qué hará perdiendo el tiempo con el pendejo ése, cuando la probabilidad de que uno sea un pendejo de un calibre aproximado es abrumadora. María la puta. Clase media, modosita. De lacitos de mariposa, cuando niña clase media corriendo por el parque verde, dándole un beso que dejaría encantado al niño catirito hasta después de casarse; y de grande María un stadium deshabitado para espectáculo de la clase trabajadora presa de la nostalgia. A Oswaldo le parecía hermosa porque era lenta caminando, como si se desplazara bajo un peso oceánico. Ahora, luego de unos años le parecía una puta con el don de la indulgencia, no por cultivarla conscientemente sino a fuerza de pasar por la calle donde buhoneros desinteresados la venden muy barata. Ahora que lo pienso, esta frase se la debo a Safo.




María tenía unas tetas rebosantes de una piel tersa que a su vez rebosaba de vellos microscópicos, que se erectaban con las miradas, como los filamentos pilosos de los insectos prestos para la defensa, pero los vellos de María… impalpables como el azúcar impalpable, eso sí. Al aproximarse hay que abrir la boca al máximo y se disloca la mandíbula, se sale de su eje, al menos la mandíbula de Oswaldo, por lo que prefiere lamer y besar en pequeños trechos, sabedor empírico de que el que mucho abarca poco aprieta. Pero la ley de gravedad les otorgaba un peso contundente, como si fueran de arena húmeda. Qué diferencia con las tetas de silicón que carecen de peso. María la de perfil, triste con sus pezones erectos ya lamidos por un caracol gigante que sudaba copiosamente una saliva caliente y gruesa, antes de esfumarse hecho vapor por el orificio del pezón, y dentro volver a armarse caracol. María se ponía triste luego de la cópula. Oswaldo con cierto instinto, pues nunca intentó en conversaciones banales de tardecita nublada preguntarle por ese distintivo rasgo de su carácter, digo que con cierto instinto, deducía abusos sexuales infantiles, pre infantil, adolescentes, post adolescentes. La cara de perfil con pezones mojados y calientes, puertas de entrada para caracoles pordioseros, ciertamente tenía una razón de peso para estar triste, coincidente con las ordenadas y tardías elucubraciones de Oswaldo. Dije ordenadas, pero también temerosas porque para que los lectores se empapen un poco más de la extraña historia, Oswaldo no era hombre de palabras, lo que a su vez escapaba cómodamente de la curiosidad de María quien nunca se preguntó si esto se debía a algún accidente sexual que dejara cicatrices fácilmente deducibles de experiencias pasadas. María la indiferente. O al menos eso pensaba el bueno de Oswaldo.





Se conocieron en una cola para entrar al cine. Ella fue con su novio, un tipazo de esos destinados a ser recordados como el mejor padre del mundo por sus adorados hijos. Él fue por cotufas y refrescos, y él fue solo, como le gustaba ir al cine quizás para no forzar el arte de la conversación a niveles estorbosamente contaminantes. El novio tropezó con la bandeja y volvió un reguero todo aquello. La estrategia, insisto, aburrida, terminó exitosamente, luego de compadecer al novio con aquello de: a mí también me pasó una vez. Y Oswaldo aprestó sus esfuerzos para intentar reparar el desastre de cotufas mojadas sobre la alfombra. Se sentaron en asientos contiguos y de un modo que aún hoy Oswaldo no entiende, quizás por el derroche grosero de absoluta normalidad, María le dio su teléfono celular para ver si ella, su novio y él repetían un encuentro sin la promesa de alguna impredecible impostura. María la impredecible.





María juega con su cuerpo sola, se masturba febrilmente y deja entrar a Oswaldo sólo cuando está a punto de acabar y cerraba los ojos para poder respirar mejor desde el fondo de su vientre, así totalmente exánime. María era siempre como el final de las vacaciones. La segunda vez que se vieron, María escaló en horcajadas hasta su pene erecto y vertiginosamente se dejó caer hasta que los testículos de Oswaldo se aplastaron bajo las nalgas de María. Ni siquiera gimió, abrió sus ojotes negros y le acarició el pelo a Oswaldo hasta que en un espasmo bastante duradero vertió su esperma dentro de ella. Ella no dejó de verlo. Estaban en el carro de ella, aparcados en un estacionamiento del centro comercial en el que dentro de una media hora esperarían al novio de María. Así empezó todo y como este tipo de comienzos generalmente preceden secuelas más intensas, demás está decir que las secuelas lo fueron. Sin embargo, ya con su carita apoyada en el hombro de Oswaldo, maría tuvo una certeza desagradable: sabía que nunca lo querría. Alzó sus ojos y le dio un beso amoroso…





Vivir es degenerar. Oswaldo y María elaboraron un seguro contrato oral, al viejo estilo de la edad media: no había nada que hacer sino fatigar todas las perversiones hasta que el desasosiego destrozara con dedos de anciana sus vidas sin sentido. Las perversiones más comunes, aunque en este tema quién puede asignarse dictaminar lo común que pudiera ser una perversión… La que primero fatigó sus noches consistía en la fantasía de imaginarse uno siendo otras personas, la máscara que asoma siempre en nuestros deseos más profundos. Ella era una vez una bañista que fue abordada sin miramientos por un vendedor de baratijas por medio de un piropo medianamente decente y María terminó en plena playa imaginaria por tragarse el pene del enmascarado Oswaldo. Un día, en una secuela más avanzada, ya Oswaldo no era Oswaldo con o sin máscara, sino que atrevieron sus cuerpos a probar la carne de otros seres seudo desconocidos de modo tal que María se aplicó a fondo con otro tipo y Oswaldo hizo lo mismo con otra tipa. Experiencias fabulosas, paradisíacas, asfixiantes. Entonces La risa de María era un gran disparo al cielo. María la risueña y la agotada. Esa noche salieron de la mano por las aceras oscuras y entre los relámpagos de la noche entraron en un bar; una conversa invisible como río de selva se abrió paso entre ambos cuerpos que como dos figuras de altísimo follaje evolucionaron a lo largo de la noche en la misma dirección. Finalizaron la noche medio ebrios dándole motivos al taxista para hablar al día siguiente ante sus colegas de que una pareja de putos pretendían revolcarse en el asiento trasero a las tres de la mañana y sólo hablaban de las compotas que habían deleitado sus separadas infancias. Las cosas sin importancia son las mejores para despejar el mal tiempo.





María la aventurera pedía siempre subir un escalón más, a lo que Oswaldo accedía a veces un tanto receloso a causa de la atrevida propuesta que esa noche o cualquier otra, María le esbozaba rápidamente, como quien esboza una caricatura en un tris, y la firma como si de una gracia se tratara. Siempre esa tristeza escondida detrás de la alambrada…Esa manera ya sin aprender de volcarse María sobre su espalda y echar por las fosas nasales una tormenta fría y dulce reviente las tasas de la casa. Oswaldo dijo: la paciencia es una fe, pero Oswaldo como ella eran ateos, aunque la verdad no estaba muy conscientes de ello. Lo notó una noche en que María cansada y empapada por el semen de tres hombres distintos no despejó su cara del pesado engrudo lechoso. Tuvo Oswaldo que tomar una parte de la sábana y hacer a un lado el emplaste hasta que pudo otra vez ver los ojos sin las pestañas glaseadas de esperma humana. María la triste. La que dormía. La que hacía que dormía. La que lloraba a mares detrás del pesado cortinaje de los párpados.





Le dieron la vuelta completa al reloj. Ahora se masturbaban uno frente al otro y luego se acostaban muy juntitos a comer yogurt casero con miel a ver la pésima señal del mejor canal del país por un televisor pantalla plana sin servicio de cable, mientras tres pisos más abajo deambulaba la vida arbitraria y sucia de los bondadosos recoge latas que hacían de la calle su casa. Fue durante un comercial de detergentes que María fue al baño, regresó y al arroparse junto a Oswaldo lo abrazó movida por un impulso espontáneo. Apenas lo hizo imaginó, no recordó, lo que acababa de pasar: regresó del baño diciendo me baño temprano mejor, se acabó la pasta de dientes pero queda una pequeña que ya se abrió pero está completa, frío, el piso está frío, qué rico arroparse los pies y abrazar a Oswaldo al mismo tiempo, soy feliz.





Aquella lejana certidumbre, como toda certidumbre pasada es una invención. Era feliz, y esa incalculable fuerza espiritual nueva, (fría, ciertamente) y esperanzadora acabó por quitarle el sueño. No sólo esa noche sino las siguientes. Era como calzarse una nueva piel, apta para dermis más correosas. Pero María tenía una dermis demasiado gelatinosa, piel de ranita dormida, o haciendo que duerme agazapada con los pies metidos bajo una cobija tan grande. La felicidad, sí, un regalo, pero como toda felicidad viene envuelto en el azar. El papel es rojo, el lazo lila y habrá que ver qué diablos tiene que ver una yogurtera con semejante envoltorio. Un regalo estupendo e inmerecido, la felicidad. Casi o más que este yogurt con miel que se acaba de comer María y ahora sólo queda un vaso corto de vidrio largo tiempo en sus manos…El frío de la felicidad inesperada. La vida es una batalla que puede ser heroica o no, y finalmente se pierde, se le ocurrió pensar a María.





Se amaron, se peinaron, se besaron, se afeitaron, se masajearon los pies, robaron sin pena jurídica la señal de cable del vecino diabético, se masturbaron mutuamente, degustaron sus flujos amorosos acompañados divinamente de yogurt y miel, se propusieron, mejor dicho Oswaldo le propuso firmar un papelito muy importante que dice en la cara: boda civil. Ella le dijo inmediatamente sí, sí y lo besó amorosa y largamente. Como lo besó en la mañana del viernes antes de cepillarse los dientes. María la amorosa, la que al borde de la felicidad, se aferró con las puntas del alma a Oswaldo, la que quiso hacer el amor hasta morir un viernes por la mañana no sin antes formalizar la rutina según la cual se colocaban uno frente al otro para masturbarse y lograr la coincidencia de orgasmos. María le dijo espérame y él la esperó de modo que cuando el semen empezaba a subir por su pene, María palpó entre las sábanas la hojilla de Oswaldo y se cortó el cuello, al tiempo que Oswaldo iniciaba la eyaculación. Lo que hizo Oswaldo fue inútil. Un grueso chorro de sangre brotó visiblemente y María se desmayó al instante, seguramente por la impresión que le dio pensar de golpe que acababa de suicidarse. María la sólo desmayada. Por más que Oswaldo intentó parar la hemorragia, terminó por desistir y quedarse un buen rato junto a María mientras se desangraba. En algún momento, muchos minutos después pensó que sí era posible detener la hemorragia, cuando apenas un gusanillo agónico de sangre brotaba de su cuello.






Hasta el día de hoy a Oswaldo le sube por la garganta un río de lava cuando intenta masturbarse.


Ha dejado tan atrás sus diarias obsesiones.




Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Qué historia tan triste.

Pobre Oswaldo, vaya pasada para quedar traumado.