ASI NACE UNA GORGONA


Su trabajo es cuidar la casa de la señora. Fue escogida entre miles, porque no tenía hombre ni intensiones de tenerlo, el solo pensar en ser tocada por uno de ellos le desagradaba, además las incómodas consecuencias del trato con un varón no estaban en sus planes, el solo hecho de imaginarse perder su hermosa figura por alguien que solo causaría intranquilidad y molestias en su vida no era una opción. No era mala, estaba clara en lo quería, hay mujeres que no tienen instinto maternal y simplemente, entre ser mujer por complacer los cánones sociales, dejando una pobre criatura sin el amor necesario para crecer, simplemente prefería ser como era y punto.


Sus largos y rubios cabellos deslumbraban a cualquiera, sus ojos verdes irradiaban misterio, su lozana piel reflejaba la tranquilidad de quien vive para sí mismo. Su vida no estaba signada por la complacencia a nadie, salvo a su señora y la casa que le había dado en cuidado.


La señora siempre ausente por su trabajo ya que era consejera de estado de un lugar perdido del mapa, tenía fama de justa, por eso la mujer de rubios cabellos decidió cuidar su casa. La paga era buena y su vida tranquila, siempre estaba sola y nadie la molestaba.


Su rutina simple, mantener el orden, la limpieza, la despensa llena y todo a punto en caso que su señora llegara de improvisto, como hacia algunas veces.


No le gustaba salir casa, ¿quién querría salir de ese templo de la belleza? En la cúspide de la montaña más alta de la ciudad, tenía para sí, la vista más hermosa de todo el lugar. Sus paredes de cristal le regalaban una panorámica envidiable. De un lado un valle cosmopolita lleno de movimiento en el día y de luces en las noches; del otro un vasto mar azul, calmado a veces, violento otras.
Este paraíso la mantenía alejada de la encarnizada guerra política que se vivía en este lugar perdido del mapa. Su señora era una de las protagonistas. Aspiraba el favor de todos los ciudadanos del lugar para liderar sus destinos. Su contrincante, el regidor de la bahía. El límite entre los municipios, la montaña donde se erigía la cartuja que cuidaba la hermosa Med.


Al amanecer, la fastuosa chica salía a los jardines a hacer caminatas totalmente desnuda. No tenía pudor, porque no había nadie de quien ocultarse. Los estiramientos ante el sol naciente tonificaban los músculos virginales del tacto de cualquiera. Sus cabellos rubios se transformaban a dorados incandescentes en la medida que el sol se elevaba en la cúpula celestial.
Se había convertido en un mito del lugar, que el sol nacía en la montaña y no en el cielo. De eso viven los pueblos, de mitos.


Después del ejercicio matutino tomaba una ducha y desayunaba mirando el mar. Luego hacía las compras, una actividad que no le gustaba mucho. El trato con la gente le molestaba. En realidad nadie le decía nada, ni la interrumpían en su recorrido, pero el solo hecho del silencio que producía su presencia le molestaba. El silencio de la contemplación en lugar de alagarla le irritaba.

No era grosera, sus modales poseían un gusto exquisito; su cara, incapaz de expresar desagrado, ocultaba la urgente necesidad de la soledad.


El mercado estaba a la orilla del mar y las alabanzas a su belleza eran transportadas por el viento a todos los rincones del lugar. La gente decía que cada paso de esa mujer producía un temblor en la tierra, que se reflejaba en los latidos del corazón de todo ser vivo, en los hombres deseo, en las mujeres envidia.

Al terminar las compras retornaba a su templo prestado; ponía orden en el lugar y pasaba el reporte del día a su señora.



El viento del mar llevó hasta el señor Don, regidor de la bahía, el rumor e una divina mujer que hacía temblar la tierra, cuyos cabellos rubios resplandecían compitiendo con el sol. Además de político feroz era un hombre caprichoso acostumbrado que se hiciera su voluntad. Las mujeres se rendían a sus pies, hasta se daba el lujo de despreciar a cualquiera que se le ofreciera. Por ello el hecho de tener que competir con una mujer por el mandato del lugar tenía su hombría resentida, más aún, porque la consejera de estado lo superaba en las encuestas.


Una día cualquiera Don, fue al mercado, la excusa era el proselitismo político, la realidad esperaba ver a la mujer de la que tanto había oído...Y el maldito destino allí los unió.


De inmediato su presencia fue nota por ella. Don la abordó de inmediato, como era usual el rostro de la chica no expresó ninguna emoción, pero en su interior sintió un terror indescriptible, al ver la mirar del hombre cuando ella rechazó la invitación para tomar una copa. Con mucha diplomacia se despidió del hombre y se retiró tan rápido como pudo para refugiarse en el alcázar de paredes de cristal.

Una vez allí se sintió segura. Trato de seguir su rutina, pero por primera vez en su vida sus emociones no estaban bajo su control, los latidos de su corazón la delataban, en los ojos de ese hombre había visto furia.

Cuando le dio el reporte del día a su señora, está sospecho que pasaba algo irregular. Una mujer que dirige la seguridad de la nación sabe cuando la de su casa está en peligro.


Don, jamás se había rebajado a seguir a nadie, él solo pedía y el deseo se satisfacía, pero esta mujer tenía un poder irracional sobre él. Su sorpresa fue aún mayor cuando al seguir a la rubia hasta la fortaleza, entendió las implicaciones de entrar a ese lugar sin el permiso de su dueña. Ese fue el detonante, la afrenta sería total.



Med se disponía a darse un baño, cuando sintió la presencia imponente de aquel hombre en la sala. Su grito no se hizo esperar y por primera vez se dio cuenta que su tan amada soledad era cómplice del intruso. Sin mediar palabras le arranco la toalla, contempló por un segundo la figura de su víctima y acto seguido se abalanzó sobre ella haciéndola caer en el mármol frío de la estancia. La carne trémula de la chica, daba la sensación de que todo temblaba en el lugar, tanto que algunas cosas cayeron de sus estantes sin estar siquiera cerca del radio de acción de los forcejeos.


Ello lo arañó, lo golpeó, hizo todo lo que estuvo a su alcance para liberarse del gran cuerpo que la aprisionaba, pero era inútil. Sentía que se ahogaba, las manos toscas la magullaban, el agresor ni se molestó en taparle la boca, total nadie podía ayudarla, así que el grito fue ensordecedor cuando la penetro. El dolor más intenso que hubiera experimentado jamás, le desagarraba el cuerpo y el alma. Las lágrimas ya no la dejaban ver, sus verdes ojos ya no eran hermosos, ahora reflejaban sufrimiento, uno tan grande, que ya no gritaba, el sonido que emitia su boca parecían más bien siseos de serpientes.


No se dio cuenta de la llegada de su señora hasta que el agresor la dejo respirar.

Miró horrorizada sus entrepiernas ensangrentadas por la desfloración violenta. El horror no tuvo límites al ver al hombre salir tan tranquilo como si no hubiera pasado nada y a su señora dejarlo ir sin decir una palabra. Ella intentó hablar, pero se había quedado sin voz, miró a su señora suplicando ayuda, pero recibió sólo asco. La bella mujer era ahora menos que un guiñapo y aún así era juzgada severamente.

La mujer justa, que cuidaba la seguridad nacional, la culpaba de la afrenta que le había hecho Don. Ensució su nombre, ahora el orgullo de la montaña era una casa de lenocinio, la burla de la ciudad. Quién sabe que llevaba puesto ese día, o que actitud tenía en el mercado, no había excusa para ella, de seguro lo provoco y la violación no era tal, sino una triquiñuela de una zorra mentirosa que al verse descubierta inventó tal historia.

Deshonrada y humillada se refugió en una pequeña isla, para olvidar lo ocurrido. Sus facciones han sido endurecidas, sin embargo sigue hermosa. Sus rubios y sedoso cabellos perdieron el color, ahora son dreadlocks y el sol de la isla le escamó la piel. Parece una vagabunda, una loca muy hermosa, que nadie juzga ya que está al resguardo de las miradas indiscretas… salvo cuando llega algún muchacho a la isla solitaria, buscando aventuras y nuevas experiencias.
Ella los recibe con su mirada exterminadora.

Ahora la soledad es su cómplice.


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