SALIÓ A LA CALLE A MEDIA NOCHE, LLOVÍA, CERRÓ LA PUERTA TRAS DE SÍ.



María Fernanda tiene 23 años, hace dos navidades se casó y desde hace 15 minutos es viuda.
La violencia de esta ciudad, que puede ser cualquier capital del mundo, ha hecho que su esposo, pase a ser un número más de las estadísticas del ineficiente organismo de protección ciudadana.
La llamada parece lejana, lo que ocurre no es real; es una broma, es mentira, seguro se equivocaron de número telefónico.
Busca dónde sentarse, y al dar algunos pasos hacia el sillón, se da cuenta que aún tiene el auricular, del teléfono gris de disco, en sus manos. Lo lleva de nuevo a la oreja y oye un lejano -Aló, aló- del otro lado de la línea. Respira profundo y le pregunta a su interlocutor – ¿Dónde me dijo que está?-.
Después de la respuesta cuelga el aparato, se queda unos minutos pensando… sin poder pensar nada. ¿Debe cambiarse de ropa?, ¿a quién debe llamar?, ¿cómo va pagar el apartamento recién comprado?, ¿cómo va a enfrentar las responsabilidades que se avecinan? Dios!!!! Que injusta es la vida.
Era su culpa, sólo de ella. Si no se hubiera puesto necia con el tema del primer antojo, nada de eso hubiera pasado.
Dos relámpagos se dibujan en el cielo, seguidamente los truenos la hacen reaccionar. Toma su bolso, busca las llaves del auto y lo recuerda, él lo tiene… lo tenía.
De ahora en adelante todo lo relacionado con él, será así, en pretérito. Cuando la gente pregunté dirá – Estuve casada-. Cuando su hijo pregunte, dirá- era tú padre-.

Salió a la calle a media noche, llovía, cerró la puerta tras de sí.


María Teresa tiene 32 años, 11 de casada y hace unos segundos descubrió que su marido la engaña.
Ella es una exitosa mujer de negocios, no hay corredor de bolsa, que no tiemble cuando ella se traza un objetivo. Mientras, que en la calle es una mujer de hierro, en privado da hasta el alma por su esposo.
La suerte nunca lo ha favorecido, por eso ella lo protege de todo y de todos. El auto, la ropa, incluso el apartamento nuevo, son pocos presentes para el hombre que ama por sobre todas las cosas.
Todos los meses, debe ir a la casa matriz a entregar el status de su gestión y reunirse durante dos días, con medio mundo. Pero este mes no será así.
Un desastre de aviación hizo que se suspendieran todos los vuelos. Así que, al borde de la media noche, con una botella de vino y muchas ganas de repasar el cuerpo de su amado; se quitó los zapatos en el pasillo; abrió la puerta con mucho cuidado y lo encontró allí… sudado hasta más no poder.
Su espalda, desnuda, brilla bajo los destellos de los relámpagos y los músculos de sus brazos, definidos con precisión mortal; están enganchados a otro torso.
El horror, el desconcierto se apoderan de ella. ¿Qué está pasando? ¿Por qué?
Su boca está tan seca que no le es posible despegar la lengua, no puede gritar, llorar, ni respirar. Es su culpa, está segura. No se ha sabido ocupar bien de él.
Un vacio se forma en sus pensamientos y simplemente se regresa sobre sus pasos.
Ellos ni se dieron cuenta de su presencia.

Salió a la calle a media noche, llovía, cerró la puerta tras de sí.

María Virginia tiene 45 años, 24 de casada y hace 9 horas, un abogado le notificó que su esposo quiere el divorcio.
Un matrimonio perfecto, la familia perfecta, la vida perfecta que siempre había soñado. Una niña de sociedad, que se casó con el eterno novio de la universidad, por el cual abandonó todo, para ser la esposa ideal.
Mientras él ascendía en el negocio de su padre político, ella se ocupaba en hacer de su casa, el reino de su hombre. Cuando decidió independizarse, ella fue la mejor anfitriona en los eventos sociales que le organizaba y cuando heredó el negocio familiar, su esposo se encargo de todo cuando fue necesario.
Lo único que no había podido darle era un hijo. Ni la ciencia, ni las oraciones, lograban ayudarla. Así que después de tanta insistencia, accedió a vender la quinta; regalo de bodas de su padre. Total sus habitaciones no se llenarían de niños nunca.
Él se fue de viaje y la dejó ocupada con la mudanza y la decoración del nuevo departamento, así que la visita del abogado aquella tarde fue una verdadera sorpresa para ella. ¿Por qué? ¿Qué pasó con su vida perfecta? Lo llamó un millón de veces y no obtuvo la explicación ansiada. Gritó, maldijo se culpó, estaba convencida. La dejaba por no poder darle hijos.
A su alrededor solo había cajas vacías, como su vientre, como su vida.
No había parado de llorar en toda la tarde y había entrado en una especie de aletargamiento. Un relámpago brilló sobre el oscuro cielo, anocheció sin su permiso. El trueno la trajo a su presente. Cómo un zombi tomó las llaves de su auto.

Salió a la calle a media noche, llovía, cerró la puerta tras de sí.


El cielo rompió en llanto. La noche cerrada no dejaba ver lo que estaba frente a los ojos.
Los paraguas solo protegían de la lluvia. No era el mejor lugar para estar, pero había que transitarlo, sólo así se podría llegar al destino. Todo era lento, interminable. Las calles estaban solas y una sensación de melancolía se respiraba en el ambiente.
Era difícil cruzar, el agua inundaba todo. En auto o a pie, el agua corría de tal forma que era casi imposible moverse, pero las ganas hacían que todo se superara.
La dirección no era clara, pero a medida que avanzaba todo se despejaba. La lluvia fue cediendo, mientras la noche le daba permiso a las primeras luces del alba.

En una esquina una dama detiene su auto, para que una joven cruce; mientras del otro lado las mira una mujer que espera un taxi.

Comentarios

Vicente ha dicho que…
Hola Nyna,

Me gustó mucho tu estilo de escritura. Por eso te voté en la blogoteca. Muy bueno este cuento de estas tres mujeres y muy buenas esas poesías.

Saludos desde mi frío balcón
Nyna K. ha dicho que…
Muchas gracias Vicente.
Un abrazo desde estaa ventanita virtual.