VIOLÁCEO




Está parada allí, frente al espejo. Probándose el vestido que usará en la boda de su amiga.
Ya se ha quitado todo, salvo la ropa interior y mira el traje de corte campestre que se probará.

La boda será sencilla, porque su amiga regresa al país sólo a eso, a casarse. Se fue poco después de la muerte de su mamá. La ilusión de estudiar en el extranjero siempre era pospuesta, por un juego enfermizo entre su mamá y ella. Aun cuando siempre estaban enfrentadas por múltiples razones, eran incapaces de distanciarse físicamente la una de la otra. No había pasado un mes de duelo, cuando recogió sus maletas y se fue a tan lejos, como la tarjeta de crédito y los contactos de su papá le permitieron.

Cuando era niñas, lo compartían todo, de una forma ella sentía que la familia de su amiga era más interesante que la suya. Al menos su amiga discutía, gritaba, se escapaba, la castigaban y repetía el ciclo cada mes. Pero ella no, no discutía, no había con quién. Sus padres nunca decían nada; estaban allí, pero era como si no existieran. En su casa reinaba un silencio social. Todo era perfecto, los grandes acontecimientos se celebraban con un brindis, un abrazo incómodo y treinta minutos después, cada uno estaba en su propio mundo. Esos eran los días con suerte, porque generalmente una buena nota del colegio o algún premio de los tantos eventos en los que participaba, eran recibidos en su hogar con un “felicidades”, dicho desde el sillón de lectura, apenas bajando el libro para mirarle la cara y continuar luego en el ritual de la intelectualización.

Sus padres no sólo eran gélidos con ella, sino entre sí. Después de hacer el gran descubrimiento de la procreación, se preguntaba constantemente si de verdad ella era su hija, no podía negar que todos los rasgos genéticos habían sido aportados por ambos. Peli roja y pecosa como su padre; con unos ojos tan verdes como los de su progenitora; las facciones de ambos mescladas en su rostro y partes de su cuerpo similares en muchas formas a las de ellos. Pero la gran pregunta era, como llegó ella a existir? Esa repugnancia de los adolescentes en cuanto la posible sexualidad de sus padres, era más bien una curiosidad tormentosa para ella, jamás los vio darse un beso en la mejilla, por lo que el cuento de la cigüeña tenía más sentido.

En la casa de su amiga pasaba todo lo contrario, algunas veces, cuando la invitaba a hacer las tareas, se sorprendía al ver ropas y calzados regados por la sala en una especie de caminito llegando a la habitación principal. Su amiga se enfurecía y les golpeaba la puerta hasta que su mamá, con la cara enrojecida, despeinada y a medio vestir le abría la puerta enojadísima y justo cuando le iba a decir algo, se daba cuenta de la presencia de la invitada y se contenía.

Una vez entraron por la puerta de servicio y los encontraron en plena acción en el meso de la cocina, toda una visión para alguien, que aun se preguntaba cómo era en la práctica toda esa teoría de la reproducción.

La distancia y el tiempo habían hecho su trabajo. Conversaba con su amiga un par de veces al año y las conversaciones ya no eran tan profundas y existenciales como antes, por eso, cuando le pidió ser la madrina la boda, pensó que era un error. Pero no, según palabras de la novia, ella era el único enlace con su país, claro su papá también pero no era lo mismo. Aceptó un poco por compromiso, un poco por cariño, un poco por nostalgia.
Fue informada entonces, que como madrina, su trabajo sería organizar junto al padre de la novia un ágape sencillo, ella sólo llegaría a la boda y se iría luego, al recorrido playero que le regalaba su papá como luna de miel.

Reencontrarse con el papá de su amiga después de tanto tiempo era raro. Ella lo llamó le contó sobre las “ordenes” se su amiga; él río estruendosamente y le puso fecha y lugar a su primer encuentro.
No se sentía muy cómoda, hace apenas unos años le decía “señor” y hoy él le pedía que lo llamara por su nombre de pila. Si su recuerdo no la traicionaba, se veía igual que cuando ella era una niña, tal vez un par de canas, pero no estaba segura de eso.
Tenía todo planificado, citas, actividades, muestras, en fin qué no entendía cual era su función si él ya tenía todo cubierto.

Poco a poco se fue relajando, se fue acostumbrando a su compañía, a tutearlo, a dejar su carro para ir en el de él, a opinar, a sonreír, a su olor, a escucharlo con atención y aprender; y de pronto se encontró viendo películas francesas y comiendo cotufas en la misma sala que años antes, había estado decorada casi permanentemente por prendas de vestir dejadas, como las migas de pan de Hansel y Gretel.

El día que ella lo invitó a su apartamento tipo estudio, fue cuando comprendió que estaba pasando algo más. Los nervios, el vestido nuevo, el incienso, la cena especial y absolutamente nada sobre la boda de su amiga.
Compartieron una velada exquisita y al día siguiente no la llamó, no le respondió el teléfono, ni los correos electrónicos. Se sintió como una tonta, apenada, abandonada, confundida.

Se ingenió una carta muy diplomática, en la que pedía excusas por cualquier comportamiento inadecuado y aclaraba que su interés máximo era el buen término de los preparativos de una boda que, la había intoxicado ligeramente, pero que ya estaba todo bajo control.

Esa era su reacción cada vez que alguien se distanciaba; pedía disculpas, para tratar de silenciar las voces del pasado que le decían que, ser ella misma estaba mal.

Pasó una semana y recibió una cajita dorada con una llave dentro, tenía una dirección y la frase “Nuestro lugar, te espero”. Salió de su oficina confiando en sus instintos, total la nota no decía quién era. No pensó nada en todo el trayecto. Llegó al edificio, subió al último piso, metió la llave en la cerradura y encontró una sala vacía. Desde la puerta podía ver una terraza, iluminada por una luna tan grande y tan cercana que parecía ficción. Una mesa decorada, igual que el modelo seleccionado para la boda, una botella de vino, dos copas y un hombre esperándola.

Mientras caminaba hacia él, los colores se apoderaban de su rostro, de sus brazos, de su pecho que acababa de quedar desnudo. Al suelo fue cayendo todo lo que llevaba puesto. Cuando estuvo frente a él, se bajo de sus tacones y sintió como la rodeaba la brisa de la noche.
Besó su cabeza, sus cabellos, su frente, dio una vuelta al rededor de ella, se detuvo a su espalda y la abrazó.




Está tratado de subir el cierre del vestido y se percata que tiene dos moraditos más bajo el brazo, con estos ya lleva contado diez. Sale del probador y las vendedoras, unas señoras españolas, le alaban el vestido, el corte, su figura, comentan muy animadas sobre lo lindas que son las bodas y comienzan a recordar las suyas; le recomiendan que esté cerca del ramo para que ella sea la próxima novia.

Ella va entrar a cambiarse y le pide una de las señoras que la ayuda a bajar el cierre en su espalda. La señora muy animada, saca el gafete y baja un poco el cierre, de pronto se hace un silencio raro, las miradas de las señoras se cruzan, ella las mira por el espejo, una le da un codazo a la otra y se ruborizan las tres. Cuando se quita el vestido busca en su espalda el motivo de esas miradas. Cinco pequeños hematomas distribuidos desde el cuello hasta las nalgas hacen las veces de un camino.

Ella sonríe con malicia, la boda será en dos días. Su amiga llega esa noche y entre la despedida de soltera y la boda, debe esperar sólo tres días para seguir sumando marcas violáceas en su cuerpo.

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