UN CUENTO DE HADAS Y UNA PAREJA IMPOSIBLE



LA PRINCESA Y EL PASTOR


Había un rey que tenía una sola hija. Ésta era muy hermosa, pero tenía, desde su nacimiento, tres marcas en el cuerpo: en la frente una marca como una estrella, en el pecho una en forma de sol y un una rodilla una marca que se parecía a la luna.
Cuando llegó a la edad de casarse, fueron a pedir su mano varios jóvenes de la más rancia nobleza y de familias reales, pero ella los rechazaba a todos, diciendo que se casaría sólo con el hombre que adivinara sus tres marcas, aunque fuera el hombre más pobre del universo.
Corrió por el mundo la fama de la belleza de la joven y sus condiciones, y se interesaron por ella emperadores y príncipes de muchos países, pero nadie adivinaba la forma de las marcas que tenía en su cuerpo y que siempre ocultaba.
Un día salió la princesa con sus damas de compañía a pasear por los alrededores de la ciudad y encontró, a orillas de un río, a un joven pastor que cuidaba a una cerda y tres lechoncitos muy mimosos. La joven se apartó de sus compañeras y se acercó a los animalitos para admirarlos, y tanto le gustaron, que no pudo resistir la tentación de preguntar al pastor:
-¿Me querrías vender uno de tus lechoncitos?
-Sí, señorita, gustosamente lo haré- contestó el joven, que había recnocido a la princesa.
-¿Cuánto me pides por él?- inquirió ella, y el pastor replicó:
-No te pido dinero; sólo deseo que me regales el peine que llevas en tus cabellos.
La joven muy alegre, se quitó en el acto el pañuelo de seda de la cabeza para sacar el peine de sus cabellos, y el pastor aprovechó el momento para ver la marca que la hija del rey llevaba en la frente, y que estaba oculta bajo el pañuelo. Después levantó uno de los lechones y se lo entregó a ella.
Cuando el muchacho llegó a su casa por la noche, el padre, viendo que faltaba uno de los lechones, le preguntó qué había sucedido. Pero él no quiso confesar la verdad y se limitó a decirle que, habiéndose quedado dormido, el lechón había desaparecido sin que pudiera volver a hallarlo.
El padre se enojó mucho, reprochándole su falta de atención y, diciéndole que si no se corregía toda su vida sería un inútil.
La princesa, al llegar al palacio, mostró el lechón a sus padres, y a ellos también les gustó mucho el animalito. Lo único que lamentaban era fuese uno solo, porque temían que no podría seguir viviendo sin compañía.
-No os aflijáis-respondió la joven,- el pastor tiene dos más y creo que vendería uno de ellos.
-Vete mañana y compra otro- dijo la reina.
Así fue. Al día siguiente salió la princesa al mismo lugar con sus damas de compañía, buscó al pastor que estaba cuidando a la cerda con sus dos lechones y le pidió que le vendiera el otro.
-Gustosamente lo haré- contestó el joven.
-¿Cuál es el precio que me pides?- preguntó la princesa.
-Te la regalaré. Tómalo tú misma- Contestó el pastor.
La joven, sorprendida por la bondad del pastor, se inclinó para levantar al lechón. Pero mientras ella se inclinaba, el muchacho pudo ver claramente la marca que la princesa tenía en el medio del pecho. Después ella le dio las gracias y se fue alegremente hacia el palacio con sus compañeras, mientras el pastor volvía a su casa con la cerda y un solo lechón.
Esta vez la escena con su padre fue mucho peor que la anterior, y el pastor tuvo que hacer un terrible esfuerzo de voluntad para no relatar la verdad de lo ocurrido.
Al día siguiente, acudió la princesa tercera vez y encontró al pastor sentado sobre la hierba, junto al río. Sorprendida de verlo sólo le preguntó si no tenía a la cerda y al lechón. Pero él contestó:
-Sí, señorita, los tengo. Están allí en la otra orilla del río.
-Ah- dijo la joven-¡Cómo me gustaría tener el tercer lechoncito!¿Me lo venderías?
-Lo haré gustosamente- contestó aquél.
-¿Cuánto me pides por él?
-Te lo regalo, pero tienes que cruzar el río para tomarlo. Te enseñaré el lugar donde se puede vadear sin peligro. Yo cruzaré primero – dijo el pastor.
Y, efectivamente, entró en el agua que le llegaba hasta las rodillas y llegó sin percance a la otra orilla. Desde allí hizo señas a la joven de que podía pasar sin miedo. Ella obedeció y, mientras iba avanzando hacia el medio del río, iba levantando la falda poco a poco, para que no se le mojara. Cuando llegó a lo más profundo, tuvo que levantarla hasta encima de las rodillas, y en ese instante el pastor, que la miraba con mucha atención, pudo ver bien la marca que la hija del rey tenía en su rodilla. Entonces la joven tomó el lechón y volvió a cruzar el río para reunirse con sus compañeras, en tanto que el pastor se volvió a su casa con la cerda solamente.
Os podéis imaginar cuál sería la desesperación del padre ante lo que él creía una prueba irrefutable de inutilidad de su hijo. Lo trató de holgazán y perdido y, dejándose llevar por la cólera, le dijo que no debía seguir viviendo bajo el mismo techo, porque de continuar allí no vacilaría en despilfarrar, a la primera ocasión que se presentara, cuanto había podido reunir él con largos años de trabajo y ahorro.
-Ya que es así-dijo entonces el hijo,- déjame marcarme de casa.
-¿a dónde quieres ir, desgraciado?-preguntó el padre.-¿Dónde crees que necesitan despilfarradores inútiles?
-Voy al palacio real para pedir la mano de la princesa. Intentaré la suerte con las marcas; puede ser que las adivine.
La madre lloró mucho porque pensaba que su hijo había perdido el juicio, pero le preparó todo lo que se acostumbra llevar cuando se de viaje: una bolsita con un pollo asado, pan y un ramito de romero.
Despidiéndose tiernamente de sus padres porque a pesar de todo, los quería mucho, y luego se fue camino hacia la ciudad. Cuando llegó al palacio, los guardias se negaban a permitirla entrada por lo pobre de su aspecto, mas por último fue llevado ante la princesa junto con un conde que también había ido apara pedir la mano de la hija del rey.
El conde dijo al pastor:
-Tú eres más joven que yo, y quiero darte la oportunidad de adivinar las marcas. Poe eso, cuando ella pregunte, habla tú primero; en cuanto a mí, ya tengo pensado lo que voy a decir.
Cuando la princesa preguntó cuáles eran sus marcas, el pastor contestó:
-En la frente tienes una estrella.
La joven hizo un ademán de sorpresa y, cuando el conde vio eso, dijo:
-Sí, una estrella. Eso iba a decir yo.
-en el pecho tienes un sol.
Y viendo la expresión en la cara de la joven, el conde agregó:
-Lo mismo que yo iba a decir.
-Y en la rodilla tienes una luna- Dijo finalmente el pastor.
-Me o quitó de la lengua-exclamó el conde, viendo la enorme sorpresa de la joven.
Unos instantes permanecieron todos en silencio, y luego dijo la joven:
-Todo es así como lo dijiste.
Y el conde se apresuró a decir:
-Pero, ¿Cómo vamos a arreglar esto? Porque yo sabía todo igual que él.
Entonces la princesa decidió, diciendo:
-En el patio hay un peral muy alto. El que primero me traiga una pera de él, será mi esposo.
Al oír esto ambos echaron a correr, pero como el conde era más alto, llegó primero al peral y se puso a trepar, mientras el pastor quedó bajo el árbol indeciso. Cuando el conde llegó arriba y arrancó una de las peras más lindas que había en el árbol, el joven pastor tuvo una inspiración
-¡Ten cuidado, que te caes!- gritó, y al mismo tiempo sacudió el tronco del peral.
El conde se asustó y se cogió del árbol con ambas manos, dejando caer la pera que había arrancado. Esto era lo que esperaba el pastor, que, recogiendo el fruto corrió a llevárselo a la princesa.
Entonces ordenó que le dieran los trajes más lujosos que había en el palacio, y una vez que se hubo cambiado por ellos su pobre indumento, apareció tan hermoso y gallardo, que la princesa se enamoró de él en el acto.
Cogidos del brazo, la princesa y su novio fueron hasta la casa de los padres de él, a quienes enteró de todo lo ocurrido, llevándolos luego consigo al palacio para que asistieran a las fiestas con que se celebrarían sus bodas.

Y todos fueron felices… (Según el cuento)
De la selección “Cuentos de Hadas Yugoslavos”

Comentarios

Ahuizotl ha dicho que…
Muy bueno, gracias por compartirlo. Vale más la astucia que cualquier otra cosa.
Besos y abrazos guapa.
Nyna K. ha dicho que…
A veces guapo, a veces.
Anónimo ha dicho que…
El cuento esta muy bien y es muy interesante pero todos los cuentos terminan con: ...y fueron felices (y comieron predices) podrías continuar el cuento no se un poco más. No se digo yo es mi opinión haz lo que quieras vale :D.
A mi me gusta, esta bien :D.
Nyna K. ha dicho que…
Que bueno que te ha gustado.

Es un Cuento de Hadas Yugoslavo, publicado en un libro del mismo nombre, por la Editorial Molino, en 1.944.

No es de mi autoría, así que no le he cambiado nada. Talvez escriba una versión libre y le dé otro destino a los personajes.

Mientras, sólo comparto el folklore yugoslavo tal y como lo conocí.

Gracias por la visita, espero otra muy pronto.