UNA EXTRAÑA SENSACIÓN DE SOLEDAD (SENTIMIENTO MUERTO)





Dejé de prestarle atención a Bárbara, después del 6°grado. Mis intereses se transformaron cuando entre al bachillerato, no eran los chicos, ni la estatura, ni el nuevo colegio, ni la ropa que usaba, era todo eso junto y mucho más. Mi necesidad por encajar, ser parte del grupo, pero de forma especial al mismo tiempo, era angustiante.

Recuerdo que durante ese periodo de mi vida, soñaba que llegaba descalza al colegio o sin ropa o simplemente que no podía llegar. Eso me causaba una gran tensión.

No sabía si a los demás les ocurría lo mismo, nadie hablaba de eso. De lo que sí hablan era de los descubrimientos que hacían, reales o no.

Había chicas que decían, que se podía reconocer al que había tenido sexo ya, porque la forma de caminar cambiaba. Otras decían que el olor corporal, era lo que cambiaba. Había chicos que se ufanaban de haberse acostado con 100 mujeres mientras que otros “expertos”, aconsejaban nunca quedarse dormidos con el pene dentro de la vagina, después de haber eyaculado, porque el órgano viril explotaba.

Todo esto ocurría mientras algunas de las chicas ocultaban sus senos arqueando la espalda y otras se rellenaban los sostenes con papel higiénico. Qué decir de los varones que se escondían medias en el bolsillo delantero del pantalón u ocultaban el rostro llenó de acné mirando siempre el suelo.

El maquillaje clandestino estaba a la orden del día y la gelatina, en el cabello de los chicos que se revelaban a las normativas escolares. El bullicio era la banda sonora de esa época. Los colores estridentes como el amarillo neón o el verde fluorescente, teñían cada franela o zapato deportivo. El plástico era el material ideal para la bisutería, los bolsos, sombrillas y el olor del sudor adolescente estaba camuflajeado bajo litros de colonia.

Había tantas cosas de que ocuparse, que compartir pesadillas era dañar el maravilloso momento que vivíamos. Había una especie de acuerdo silencioso que nos prohibía empañar la felicidad y aquel que lo intentara era  excluido de inmediato.

Entonces el miedo era la constante. Miedo a desaparecer en la multitud,  a ser expuesto al ridículo.  El mismo miedo que sintió Bárbara al suicidarse para ocultar su soledad, su desesperación, su embarazo.

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