MILLER Y EL OFICIO DE ESCRITOR






…me tomé tres semanas en lugar de dos y escribí el libro sobre los doce hombrecillos. Lo escribí de una sentada, cinco, siete, a veces ocho mil palabras al día. Pensaba que, para ser escritor, había que producir por lo menos cinco mil palabras al día. Pensaba que había que decir todo de una vez – en el libro- y desplomarse. No sabía ni papa del oficio de escritor. Estaba cargado de miedo. Pero estaba decidido a borrar a Horacio Alger de la conciencia norteamericana. Supongo que era el peor libro que jamás haya escrito un hombre. Era un volumen colosal y defectuoso del principio al fin. Pero era mi primer libro y estaba enamorado de él. Si hubiera tenido dinero, como Gide, lo habría publicado a mis expensas. Si hubiese tenido tanto valor como Whitman, habría ido vendiéndolo de puerta en puerta. Todas las personas a las que se lo enseñé dijeron que era espantoso. Me recomendaron que renunciara a la idea de escribir. Tenía que aprender, como Balzac, que hay que escribir volúmenes antes de firmar con el propio nombre. Tenía que aprender, y no tardé en hacerlo, que hay que abandonar todo y no hacer otra cosa que escribir, que tienes que escribir y escribir y escribir, aun cuando todo el mundo te aconseje lo contrario, aun cuando nadie crea en ti. Quizá lo hagas precisamente porque nadie cree en ti. Quizá lo hagas precisamente porque nadie cree en ti, quizá el autentico secreto radique en hacer cree a la gente. Que el libro fuera inadecuado, defectuoso, malo, espantoso, como decía, era más que natural. Estaba intentando al principio lo que un genio no habría emprendido hasta el final.


Trópico de Capricornio 
Henrry Miller

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