DAVID BOWIE





David Bowie
8/1/1948 - 10/1/2016





La primera vez que escuché a David Bowie, fue en 1983. Tenía 10 años y Let`s Dance fue la banda sonora de esa época de mi vida. 

Mis gustos siempre han sido distintos a los del entorno que me rodea o por lo menos a destiempo. Mientras los demás aprendían a bailar salsa o el baile del pollito, yo trataba de repetir las canciones de Bowie en un inglés entendible y que quede claro, que no sabía nada de inglés. Por supuesto, que en los matinee yo también hacía el baile del pollito y me daba mis pisotones con la salsa y el merengue; pero en privado, en mi casa escuchaba Led Zeppelin, The Beatles, Queen, David Bowie y muchos otros artistas, cuyos LP llegaban  por cortesía de mis padres y tíos. 

Poner el disco de acetato en el pick-up y sobre el brazo de la aguja un mediecito (una moneda, que ya no se usa) para que no brincara, era el ritual musical. Limpiar los discos de acetato con vinagre, guardarlos en su bolsita, tratar por todos los medios que no se rayaran y bajo ningún concepto prestarlos, porque seguro nunca regresaban y si lo hacían era en muy malas condiciones. Esos discos eran oro, porque esa música no se escuchaba en la radio, por lo menos no, en las emisoras AM que escuchaban en mi casa. 

No fue sino hasta finales de los años 80, que apreció en la televisión abierta, un programa en el que podía ver y escuchar lo moderno, lo que estaba sonando en mi país y en el mundo. Creo que lo transmitían los viernes entre las 11 o 12 de la noche, por Radio Caracas Televisión ( RCTV), su conductor era Eli Bravo, de quien estaba perdidamente enamorada, como también lo estaba de David Bowie, Miguel Bosé, Pierce Brosnan, Bruce Willis, Harrison Ford, Kevin Costner, Mel Gibson, George Michael, del tipo del comercial de Marlboro, del protagonista de la serie del Oso Grizzly y de un montón de tipos que jamás sabrían de mi existencia, pero a mí me gustaban todos en silencio. 

Esa fue la época, que comenzaron los conciertos en Mata de Coco, los cassette con grabaciones casera, que vendían grupos nacionales de los que nadie sabía nada. Esas cintas se copiaban luego en casa, poniéndoles un papelito y cinta plástica en los huequitos de la parte posterior. Toda esa generación es culpable de piratería. 

Un día me encontré con la película, El Ansia y alucine. Para mí es el epítome de la sensualidad y la desesperación de lo vampírico. Cuando vi, El Laberinto, me cautivo la fantasía y el miedo. Esa sensación de inocencia retorcida, cuentos de niños con títeres, otros mundos, bailes, pero que asustan. Tal vez no con la misma claridad de ahora, pero cuando vi la película, no era amor lo que veía en el Rey de los duendes, sino una gran carga erótica. En todas estaba David Bowie nuevamente alborotando algo en mi interior. Es posible, que por estar en esa década, en la que las hormonas nos vuelven locos y que cuestionamos todo Bowie haya resonado de muchas formas en mí; pero no, lo seguí viendo y escuchando y me siguió cautivando, ya no con ese enamoramiento, ni con ese fanatismo desenfrenado, sino más bien con un reposado gusto por el reto. Esperando ver sus cosas nuevas y cómo podía manejar ese miedo, esa excitación y todas esas sensaciones que produce en mí.  

En esta época, que el gusto sexual es una bandera que opaca al individuo, porque en lugar de ser un gran ingeniero, es un ingeniero gay o que la actriz no es noticia por su labor profesional o humanitaria, sino porque es lesbiana; al parecer Bowie, logró superar esa desgracia. Tal vez porque lo contó antes, porque al paso de los años su trabajo fué más interesante que sus gustos de alcoba o porque en el fondo era una heterosexual de closet y la sociedad lo dejó en paz para trabajar, para crear. 

Sin duda alguna, David Bowie, me movió, me retó, me cuestionó, me hizo sentir cosas, marcó una parte de mi vida. Es otra pieza de mi personalidad, del bagaje de mis experiencias y cada vez que muere uno de esos personajes, la finitud de mi propia vida es más dura de manejar.

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